EL ANTISEMITISMO A TRAVES DE LOS SIGLOS


El camaleón siniestro
La inquina hacia los judíos, tanto por parte de Roma como de los cristianos, les significó a los primeros persecución y muerte, de las que no se librarían en más de 2000 años.
por Mario Linovesky

Totalmente ajeno al simpático lagarto, pero en consonancia con sus características para mimetizarse, “el camaleón siniestro” sobrevive en los sitios más insólitos e insospechados, aun en nuestro entorno más cercano.
Y, a diferencia también con el conocido y colorido bicho, usa tales dotes de transformación no para resguardar su integridad, sino, por el contrario, para acechar y/o atacar a su víctima. Así, se ha vuelto un peligroso depredador que se mueve en las tinieblas y sus acometidas, siempre sorpresivas e hirientes, entrañan extraordinarios riesgos para aquellos que las padecen. Además, y aunque prefiere actuar en las sombras, no pocas veces se ha salido de su escondrijo para agredirnos abiertamente, razón más que valedera como para estar avisados ante su sigiloso y constante merodeo, ya que sus embates resultan ser, a más de traicioneros, con frecuencia indefendibles.
Más conocido como: “antisemitismo” (mejor dicho judeofobia o antijudaísmo), puesto que a él o ellos me refiero, y cuya comparación con el instintivo saurio no constituye más que una simple alegoría, su presencia en el planeta viene de antiquísima data. Los estudiosos del tema le asignan los más disímiles orígenes. La culpabilidad de su aparición, según a que tendencia de pensamiento o interés responda quien lo asevera, recae en diferentes actores y situaciones a través de los siglos. Desde luego, cada vez que parece haberse llegado al génesis mismo del monstruoso engendro, siempre emerge algo anterior que hace desechar la hipótesis.
Ante panorama tan confuso, no sería por ello osado arriesgar nuestras propias presunciones al respecto. Por caso, tengo para mí que el nacimiento del antisemitismo, al que llamo “camaleón siniestro”, (camaleón por su ubicuidad y capacidad de permanecer escondido, y siniestro por su predilección para atacar solapadamente), obra en el mismo momento en que aparece el judaísmo. Aunque esta afirmación carecerá de sustento, en tanto no sitúe al energúmeno de marras en un escenario que le permita desenvolverse; escenario éste construido sobre un sí que complejo entramado, pero en el cual sobresalen dos elementos clave, a saber: 1) el económico y 2) el religioso. Deberé entonces indagar (por mi cuenta y riesgo), en el pasado remoto del hombre, inquisición que seguramente me llevará a internarme en aguas procelosas de las que habitualmente se sale maltrecho y de la que es posible que reciba más desengaños que certezas, cuando no burla o escarnio. Con todo los humanos, acometan lo que sea, gustan aventurarse aun en el ridículo y no veo la razón por la que yo deba comportarme (valga el efugio) de manera diferente.
De tiempos perdidos
Aunque hoy suene disparatado, hubo un momento de la historia en el que el hombre fue enteramente feliz, discurriendo sus días entre sobrevivir y gozar. No tenía entonces mayores necesidades que alimentarse y vestirse y, una vez logrado esto, dedicarse a la contemplación hasta que lo despertase un nuevo hambre. Ese envidiable transcurrir sin embargo terminó abruptamente, y las religiones, de uno u otro modo, nos lo explican refiriéndose a un incierto paraíso y a una pareja de macho y hembra no menos inciertos, quienes gracias a un pecado de insubordinación al Creador perdieron la condescendencia de Éste y fueron expulsados de tan cómoda forma de vida. Por supuesto que muchos filósofos e historiadores, algo más realistas, opinan de diferente manera y algunos hasta aseguran que los males de la humanidad comienzan en el momento en que un primer hombre abandona el colectivismo circundante, el de compartir lo que se posee, y declara: “esto es... solamente mío”. Si bien pasarán milenios hasta llegar a la moderna concepción de la economía, con ese aislado acto, dicen tales pensadores, comienza a tomar forma lo que hoy se denomina interés, egoísmo y especulación en beneficio propio, sin importar a quien se desplace o el mal que a ese quien se le haga.
Visto sin ideologías y antes todavía, en el transcurso de un período de tiempo bastante impreciso, habían aparecido nuestros remotos antepasados. Lapso que las creencias acomodan en un solo día, pero que le llevó a la naturaleza millones de años diseñar. Fue cuando algunos cuadrumanos, descendientes de simios (Darwin & Wallace dixit) comenzaron a erguirse y a asemejarse a nuestra actual conformación física. Muy lentamente, fueron desarrollando su cerebro, el que les permitiría pensar, discernir y sentir. Recién entonces, cuando dicho cerebro alcanzó el tamaño requerido, adquirieron la autonomía intelectual mínima como para situarse en la geografía y evaluar sus necesidades. Pero también se encontraron en un mundo nuevo, de suyo imprevisible, que les produjo un entendible temor, puesto que las tormentas, los rayos que caían, los truenos que les seguían, terremotos e inundaciones, eran fenómenos que su corta experiencia no se podía explicar. Un motivo bastante lógico como para que simultáneamente aparecieran los magos, hechiceros, curadores y sacerdotes, quienes, no teniendo más conocimientos que el común de esos pos-primates, no obstante concibieron las necesarias panaceas para superar el pánico de aquellos. Pero, al mismo tiempo que calmaban las ansiedades y los miedos de los que por necesidad se habían convertido en sus subordinados, estos incipientes clérigos advirtieron que su arte podía usarse también como una poderosa herramienta de poder y presión; y por ello acabaron institucionalizándolo, para convertirlo en lo que hoy día conocemos como: religión.
Claro que en principio eran muchos los dioses y también muchos los cultos, dentro de un marco caótico de actos de fe personalizados y enfrentados entre sí; hasta la aparición del patriarca urita Abraham, con su revolucionaria tesis del Dios único.
Abram-Saray
Abraham, el primer hebreo, con su ingenio, consiguió concentrar en un Dios ético y solitario la cantidad de mini credos que cada tribu, nacionalidad o etnia, iban creando de acuerdo a sus necesidades. Aún así, y pese a que con ello producía un sensible avance en el pensamiento humano, obteniendo de tal modo la organización de las muchas creencias que andaban por allí desperdigadas, al mismo tiempo dejaba sin sustento a quienes se aprovechaban de ellas. Éste fue, decididamente, el primer caldo de cultivo del encono secular que despertarían los judíos. Además, Abraham, aunque ésto toque la fibra íntima de los hombres de fe (fe = creencia sin pruebas), fue un dudoso ejemplo de moralidad. Cuenta la Biblia que el patriarca, con la anuencia de su esposa Sara y puesto que ellos dos no podían procrear, se salió del límite matrimonial y mantuvo relaciones íntimas con su sirvienta Agar. Y resultado de ese acto carnal nació Ismael y de él derivó la nación árabe, con lo cual siglos más tarde y hasta el presente, después de haber abrazado los árabes el Islam, se formaría en el ámbito religioso, por competencia con Isaac (el hijo legítimo fecundado más tarde por Abraham y Sara), un antijudaísmo fanático y de suyo intolerante.
De cualquier manera la inquina contra los judíos, durante largos siglos, permaneció en estado de latencia. En aquellos tiempos unos grupos y otros estaban ocupados en guerras de conquista y expansión territorial y cuantas acometidas sufrieron los hebreos entonces estuvieron enmarcadas en ese tipo de beligerancia. El antisemitismo, en su expresión virulenta, recién tomaría sus características camaleónicas y siniestras centenares de años después y no fueron sino los propios judíos quienes le dieron asidero.
El Ungido
Creencia o falta de paciencia, algunos judíos que entonces militaban en sectas, se llamasen éstas de los fariseos, esenios o zelotas, denunciaron los negociados y turbios manejos que realizaban los saduceos, unos pocos aristócratas que hacían buenas transacciones en provecho propio y habían recibido el manejo del Templo de Jerusalén por parte de los romanos que conquistaran la “tierra santa” y que gobernaban tiránicamente la región. Y por tal razón fueron detrás de un rabino que tuvo la osadía de enfrentarse tanto al invasor como a los traidores locales y que según registra la tradición se llamaba Ieshu o Ioshúa (castellanizado: Jesús).
Este hombre, se cuenta, tuvo el suficiente predicamento sobre una parte importante del pueblo judío como para que esas gentes lo siguieran devotamente; pero al mismo tiempo enfrentó a la casta sacerdotal y al poder romano. Y quien enfrentaba a los sacerdotes acomodados y a Roma, era un seguro condenado a muerte. Fue entonces cuando se produjo el quiebre más sensible de la historia del hombre, siendo el rabino Jesús crucificado, una pena que aplicaban exclusivamente los romanos y cuyo objetivo era amedrentar a los revoltosos y mantener dócil al pueblo. Además, cansados muchos de aquellos judíos de la corrupción reinante por parte de su clero, se convencieron que había llegado la hora del advenimiento del “Mesías”, un “ungido” por el Dios único que vendría a gobernarlos y guiarlos y cuya llegada anticipaba la religión judía desde sus mismos orígenes. Justamente la palabra hebrea “Mashiaj” (Mesías), así como la griega “Christós” (Cristo), nombre que se le adosó más tarde al rabino Jesús, significan: “ungido” y se las usa por: elegido.
Puestas así las cosas, los judíos que seguían al ahora llamado Jesucristo se separaron de las creencias primigenias de su pueblo y fundaron una nueva religión. La misma se basaba, si bien nunca renegaron del Antiguo Testamento, esencialmente en la muerte violenta y la posterior resurrección del que ellos creían era el auténtico Mesías. Motivo por el cual necesitaban un culpable de su crucifixión. Endilgarle la culpa a los verdaderos asesinos, los romanos, quienes con sus poderosos ejércitos mantenían en sumisión al total de los judíos, seguramente que les reportaría tormento o muerte; por lo que, precavidos y astutos, optaron por acusar a sus propios correligionarios. Además, pasados unos 60 años de esta flagrante traición fraterna y pese a que todavía se consideraban judíos, ciertos adeptos a la neonata creencia escribieron Los Evangelios, y con ellos se separaron ya definitivamente de su tradición milenaria. Como derivación lógica, la acusación de “deicidio” que le hicieran a sus antepasados, devendría en violencia hacia éstos y sus descendientes, cosa que ocurrió y seguiría ocurriendo cada vez con mayor asiduidad, en tanto el cristianismo siguiese esparciéndose entre las naciones. Tampoco los romanos en aquella época dejaron de acosar a los judíos, puesto que no admitían que ellos se mantuviesen fieles a sus creencias y no aceptasen las del imperio invasor.
Viniese de uno u otro lado, la inquina hacia los judíos, tanto por parte de Roma como de los cristianos, les significó a los primeros persecución y muerte, de las que no se librarían en más de 2000 años. Y así el antisemitismo quedaba instaurado y habría de volverse cada vez más siniestro con el paso del tiempo. Pero hubo más.
Entre bosta de camello
En el siglo VII Mahoma, un camellero nacido en Meca y residente en Medina, ambas ciudades de la actual Arabía Saudita, se autoproclamó profeta, aseguró haber tenido una revelación de Dios, al que llamó Alá, e inventó el Islam. Así como el cristianismo, la flamante creencia, aunque en sus empieces tuvo escaso predicamento entre la gente eligió la expansión, contrariamente a lo que hizo el judaísmo, que no buscó ni tampoco aceptó nuevos acólitos. Y acabó imponiéndose en una vasta zona del Asia Menor y del Oriente Próximo, un poco por su capacidad guerrera y otro poco porque representaba una explicación entendible, aunque fatalística y fanática, para los hombres desesperanzados del desierto.
Pero no se detuvo en ello, además, en su proselitismo desbocado, tanto Mahoma como sus seguidores pretendieron hacer desaparecer al judaísmo llamando a los seguidores del Pentateuco a unírseles en el Islam, cosa que éstos, desde luego, no aceptaron. Provenientes además los mahometanos de los cultos paganos de la antigüedad y no teniendo mayores elementos para conformar una religión moderna, hicieron una trapisonda histórica y basaron gran parte del nuevo credo en la tradición judía, apropiándose también de los personajes que daban vida humana al “Viejo Testamento”. A Abraham lo transformaron entonces en Ibrahim, a Moisés en Musa, e inclusive, para no entrar en reyertas con el ya impuesto cristianismo, al propio Jesús, aunque no le reconocieron la categoría de Mesías o Hijo de Dios, lo proclamaron profeta del Islam. Y fue así como el pueblo judío, resuelto a mantenerse fiel a sus creencias pese a amenazas y conminaciones, terminó ganándose un nuevo y definitivo enemigo.
Comenzó tras ésto una historia de persecuciones, tormentos, muertes y expulsiones, de la que el pueblo de Abraham no ha conseguido librarse hasta el presente, aun cuando “el camaleón siniestro” (el antisemitismo o judeofobia) haya tomado entonces una nueva forma.
Medioevo y Edad Moderna
El registro de hechos fatales ocurridos contra los judíos es apabullante y por lo tanto habré de mencionarlos en forma sucinta, porque llevaría libros detenerse o tan sólo nombrar a cada uno de ellos. Si bien los hubo anteriores, como el caso de las Cruzadas, cuando los nobles cristianos medievales, con el pretexto de liberar a Jerusalem de manos de los turcos otomanos transitaron Europa y en el camino fueron, lúdicamente, matando a cuanto judío encontraron a mano, un hecho resultó paradigmático para reflejar la violencia que le esperaba a los israelitas en el futuro. Fue la quema del Talmud, al que se acusó de brujería, en una plaza de Grève (Francia) en 1242, quizá el primer acto público teniendo por protagonista al antisemitismo y que preanunciaba lo que vendría en adelante. Y adelante vino la Inquisición de Torquemada y la posterior expulsión de los hebreos de España y Portugal; y luego de que Lutero clavara sus 95 famosas tesis en el pórtico de la iglesia de Wittemberg dando inicio a la Edad Moderna y al protestantismo, comenzaron los pogromos antijudíos (alentados por ese clérigo y sus seguidores) en la convulsionada Europa; algo después y en el ámbito de la letra impresa, se proclamó el antisemitismo explícito y seudocientífico por parte del francés Joseph Arthur, Conde de Gobineau y del alemán Dühring; hubo paralelamente la falsa acusación de traición a la patria al oficial judío francés Dreyfus; ocurrieron más tarde las persecuciones en la Rusia zarista; y todo ello derivó en el genocidio alemán, donde la mitad del “pueblo del libro” fue exterminada. Y como consecuencia de ésto último, vino la pretendida indemnización a los sobrevivientes de la nación masacrada por parte de un mundo que había permanecido callado mientras contemplaba la matanza y que en realidad e irónicamente no constituyó ningún regalo, sino una devolución de lo que les pertenecía desde siempre: la milenaria, bíblica,... y judía, Tierra de Israel.
Eretz Israel y el nuevo antisemitismo
El 14 de mayo de 1948, cuando David Ben Gurión lee en Tel Aviv la proclama por la que el Estado de Israel se declara independiente, de nuevo el antisemitismo entra en acción, esta vez de la mano de las naciones árabes vecinas y con un ropaje diferente. Aunque aquí habría que separar, puesto que el susodicho antisemitismo no es uno sólo sino que son varios, dos en especial. Por un lado está el antisemitismo atávico, el de las gentes. Tan incrustado en ciertas culturas, que supondrá muchas dificultades erradicarlo. Este antisemitismo tiene raíces múltiples y conlleva tanto la acusación de deicidio que hicieran unos judíos a otros judíos ya comentada anteriormente, así como todas las demás falsas imputaciones posteriores que incluyen las difamaciones del Islam, los “libelos de la sangre” inventados por los “nobles” canallas del medioevo y los malhadados Protocolos de los Sabios de Sión, cuya elaboración corresponde a la Ojrana (la policía secreta del Zar). Tal antisemitismo hereditario, que viene de muchas generaciones, es individual y está basado en el odio a algo que evidentemente se desconoce. Por lo tanto es irracional y en apariencia indestructible, ya que los que odian porque sí, no precisan razones para hacerlo. Pero en su esencia no es el más peligroso, o por lo menos no tanto como el antisemitismo institucionalizado, que responde a motivos de índole económica y religiosa.
He pretendido resaltar estos dos últimos conceptos, puesto que para mi modesto entender ambos son cómplices en la sumisión de los pueblos. Uno se complementa con el otro y los dos son la forma más acabada de ejercer el poder. Y a los dos han molestado siempre los judíos y por tal los eligieron como chivo expiatorio, tanto los beneficiarios de las fortunas personales y generalmente malhabidas, así como los prelados de todo signo que los sirven devotamente a cambio de sabrosas tajadas.
Pues bien, de acuerdo a lo antedicho y por más teorías que anden por ahí sueltas, podemos poner todas juntas en una coctelera y, de su mezcla, sacar una sencilla conclusión: el “antisemitismo”, es “sólo” un instrumento de autodefensa... de los aprovechadores del esfuerzo de las gentes. No constituye novedad que a los pueblos, o mejor dicho a la plebe, si es que se la mantiene convenientemente hambreada e inculta, se le puede fácilmente hacer creer cualquier cosa. Y esa cualquier cosa, debido a los motivos explicados, recayó siempre en acusaciones mendaces al judaísmo, base de la cultura desarrollada por la humanidad a través de los siglos y de la moral y la ética que rigen, aunque sin mencionar a su verdadero progenitor, la organización y las leyes de la sociedad moderna.
Los perros
Un dicho que algunos atribuyen al hombre de campo argentino y otros al gracejo español, habla de: “soltar los perros”, frase que implica, en este caso particular, que el hombre acorralado y solitario, que vive única y exclusivamente para su beneficio personal aprovechándose del esfuerzo ajeno, usa tales animales como instrumento de resguardo a su propia integridad y riqueza. En nuestro caso los poderosos, cuando presienten peligrar sus privilegios y/o faltriqueras, sueltan los perros (el populacho) contra quien eligieron por víctima. Y esa víctima, que fue preparada ante el vulgo a través de los siglos, es, lamentablemente, el judaísmo. Porque a diferencia de otras minorías también susceptibles de atacar, los judíos, pese a todos los golpes recibidos a lo largo de la historia, permanecen tozudamente aferrados a sus tradiciones y a su cultura. Vale decir que su forma de ser y de pensar representa esa cosa a la que llamamos “libertad” y a la que ni con palos, espadas o cañones, han podido hacerlos renunciar. Y con esto hay suficientemente dicho, porque el que manda no admite, por ningún motivo, al que se manifiesta “libre” sin su especial venia. Y si no fijémonos en la historia de la Shoá. Desde Hitler para abajo, todos los ejecutores materiales de la matanza sistemática de judíos (los perros, en este caso de la ultra derecha) han sido, de una manera u otra, castigados, perseguidos, o raleados de la sociedad. No así los verdaderos beneficiarios de aquel genocidio, los genuinos autores intelectuales del mismo, que siguieron gozando de sus privilegios y negocios, manteniendo su condición de señores poderosos, aun en la actualidad.
Llegados a este punto y por un error que hoy lamentan los muy pudientes, permitieron, en un momento de relajo, el establecimiento del Estado de Israel. Habrán pensado entonces que con ello lavaban su conciencia y que dicho país desaparecería en menos de lo que canta un gallo. Se equivocaron y mucho. Porque Israel y los judíos, poniendo en funcionamiento sus cerebros y músculos, se transformaron en una potencia. En un gigante moral lamentablemente con cuerpo de enano, pero al que países colosalmente grandes, ricos, superpoblados y armados hasta los dientes, temen hasta más allá de lo que resultaría lógico y honorable imaginar.
De cualquier manera sería ilusorio pensar que quienes gobiernan la economía del mundo, sean del signo que sean, habrán de quedarse quietos si algo los incomoda, o presienten una posible pérdida de poder o de dinero. En ese momento no titubearán y soltarán los perros, tal como lo han hecho a través de miles de años. Y esos perros, guste o no, sienten una especial predilección por la carne judía.
¿Vale entonces dejarse ganar por el pesimismo y bajar los brazos?. De ningún modo. Hoy, mal que les pese a quienes los vilipendian, los judíos tienen su propio Estado, encima potencia nuclear, en el que pueden ampararse y también defenderse. Por lo cual deben centrar sus esfuerzos en consolidarlo y vigorizarlo hasta donde se pueda y más allá aún, porque es su único bastión de sobrevida. Y, que de esto no quepa ninguna duda, cuando haya que pelear porque los atacan (porque el “camaleón siniestro” está siempre al acecho), aunque algunos los critiquen, habrán de hacerlo. Lo que ocurra después, solamente el futuro podrá dilucidarlo.