FRANCOIS DUPRAT: FALANGISTA, PRECURSOR DEL NEGACIONISMO ESPAÑOL, ASESINADO EN 1973

EN ESPAÑA TODO VALE
Ricardo Ruiz de la Serna*
El Imparcial.es

La Segunda Guerra Mundial sigue planteándonos preguntas. Sobre la Historia de Europa —y por supuesto sobre la de España- gravita la sombra silenciosa y profunda del Holocausto. El exterminio de los judíos no se dio en América ni en Asia ni en África ni en Oceanía, no se dio entre los que a menudo eran considerados salvajes o necesitados de civilización (la misión civilizadora del hombre blanco, ¿se acuerdan?). No; la Shoah sucedió aquí, entre nosotros, en la culta, democrática y avanzada Europa.
¿Cómo fue posible? Los nazis no estuvieron solos. Muchos colaboraron entre 1933 y 1945. Por ejemplo, hubo catedráticos a la cabeza de las muchedumbres que quemaban los libros de autores judíos. Magistrados, Jueces y Abogados —las mayúsculas son irónicas- celebraron la llegada del Reich y acataron sus leyes. Hubo funcionarios que callaron cuando sus compañeros judíos fueron expulsados de sus puestos. Por supuesto, hubo periodistas que difundieron la propaganda del Reich a sabiendas de su falsedad y callaron la denuncia de sus atrocidades. Toda profesión tiene sus miserias. El periodismo no es una excepción.
¿Era el deber de un periodista contar esas mentiras? Rotundamente no. ¡Ah! —dirá alguno- pero no tenían otra opción. ¿No? Depende. En 1942 ya no la tenían, pero ¿era así en 1925 o 1931? ¿Y en 1933? Los nazis no dominaron los medios de inmediato y, sobre todo, podrían no haberlo hecho si alguien les hubiera hecho frente. Por desgracia, quienes lo hicieron fueron pocos —algunos corresponsales extranjeros tuvieron que dejar Alemania a riesgo de sus vidas- y la mayoría se fue plegando.
Así, la propaganda nazi ganó, al principio, la credibilidad que otorgaban los medios de comunicación. Cuando todo era propaganda controlada por el Partido, algunos se lamentaron, pero ya era demasiado tarde. La batalla de la libertad no se perdió en 1933 cuando aquel pintor frustrado llegó al poder; se perdió antes. El ascenso de Hitler no fue el principio del fin sino su constatación. Hubo periodistas que lo contaron como si tal cosa para espanto de Joseph Roth y de otros pocos. Es más. Algún iluminado creía que Hitler, en realidad, era un cadáver político y un tipo pintoresco. Se hablaba de él como de un personaje de chiste. Ya ven qué clarividencia, ¿eh? Si el tipo no va a ninguna parte, ¿qué más da que hablemos de él? Y que nadie se llame a engaño: Hitler dijo muy claro cuáles eran sus planes y, cuando los llevó adelante, trató de borrar las huellas de sus crímenes para que quedaran impunes.
Hoy no hemos superado el debate. En España, los negacionistas del Holocausto, los filonazis, los xenófobos, los racistas siguen teniendo tribunas para hablar y difundir su mensaje de odio. Hoy, en nuestra tierra, los revisionistas que convierten la Historia en un debate de opiniones están a la altura de los historiadores y comparten con ellos debates y tertulias. Después de 70 años, la libertad de expresión sigue siendo el pretexto que ampara la difusión de la mentira y el odio como si eso contribuyera a formar una opinión pública plural y libre.
El debate de fondo no es sólo periodístico ni jurídico; es moral y los defensores de la democracia y la libertad lo estamos perdiendo en Europa. No es lo mismo el mentiroso que el historiador honrado. No es igual quien siembra odio que quien lo padece. No tiene la misma voz la víctima que el verdugo o sus defensores. ¿Daríamos la misma tribuna al cabo Hitler que a sus víctimas? En España, para tristeza de los españoles y escándalo de Europa, un negacionista recibe el mismo espacio que Ian Kershaw o Avner Shalev. En nuestra tierra, se puede ser judeófobo, pronazi, xenófobo, racista… No pasa nada. Negar el Holocausto es una opción intelectual más y, por ello, merece darse a conocer. Todo vale porque, en realidad, nada vale y así todas las voces son iguales.

*RICARDO RUIZ DE LA SERNA es analista político, abogado y profesor de técnicas de la propaganda y de la comunicación política de la Universidad CEU-San Pablo
Cortesia: David Hatchwell
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