EL RINCON DE MOSHE YANAI


Comentando un problema de actualidad

Se puede presumir que no andemos muy lejos de un caso que ha tenido un gran eco mundial. Tal reacción me ha hecho pensar sobre los móviles de ese operativo, que constituye uno de los contados medios de autodefensa que tiene una democracia, ante el irresponsable y sanguinario proceder de quienes nada quieren saber de normas democráticas.
Israel, más que cualquier otro país occidental, tiene que hacer frente al terrorismo. Aunque en teoría no constituye un peligro existencial, sus actos barbáricos crean una situación caótica que afecta severamente el curso de la vida. Tenemos muy amplia experiencia en este campo, y hemos tenido que adoptar medidas muy poco populares, como son la valla de seguridad y los puestos de control, que indudablemente causan problemas a la población palestina. Pero cuando viajo a Jerusalén (y lo hago con mucha frecuencia) en una carretera con cercos protectores a ambos lados, sé que de ese modo tengo la máxima (aunque no completa) seguridad de que podré llegar sano y salvo a mi destino. Confieso que cuando cae la noche, dudo si usarla o preferir la ruta principal, en la que resulta difícil conducir porque siempre está colmada de tráfico.
La lucha contra el terrorismo ha demostrado ser una tarea erizada de problemas irresolubles. El terrorista ataca y se refugia de inmediato entre la población civil. Quienes le persiguen deben contener el fuego, o tratar de liquidarlo sabiendo que afectarán a personas inocentes. Como lo indica su nombre, el atacante obra para causar el mayor terror posible entre la población civil. No tiene reparo alguno y, por lo general, prefiere objetivos civiles. Es más, cuántas más víctimas consiga, considera que mayor será el efecto que obtendrá su “causa”. El ejército regular siempre se ve constreñido por las normas impuestas por una sociedad progresista; el atacante generalmente procede de una sociedad que todavía hace caso omiso de aquéllas.
Las democracias han de defenderse de lo que hoy constituye el mayor peligro para su seguridad. La lucha en Afganistán contra el principal reducto del Talibán es buena prueba de ello. Los efectivos tienen estrictas órdenes de atacar solamente a los guerrilleros; empero, no han sido pocas las víctimas inocentes que cayeron bajo el fuego de las fuerzas aliadas. Estimo que es dudoso si la presente operación terminará con el terrorismo de Al Qaida. Todo lo que se espera es que lo debilite, y que con el tiempo se mengue su sanguinaria trayectoria.
Uno de los principales métodos empleados para luchar contra ese peligro mundial es la disuasión. Si el terrorista, o el planificador del acto terrorista, sabe que al fin y al cabo le alcanzará la larga mano de su opositor, es posible que desista de su propósito. El Occidente ha recurrido no pocas veces a ese temperamento, aunque sabe que en teoría las normas que debe cumplir se lo impiden. De lo contrario, se anticipa una avalancha de protestas y repudios. Por eso el operativo debe realizarse con el mayor secreto posible, y sus autores deben conservar la máxima discreción.
Un ejemplo clásico es el caso Eichmann. Israel hubiera querido traerlo a ese país por una orden judicial. Pero sabiendo que ello era imposible, y que de hacerlo el archicriminal no tardaría en encontrar otra guarida en donde refugiarse, tuvo que obrar como lo hizo. En teoría habría violado ciertas normas; en la práctica habría obrado para hacer justicia. Aunque Buenos Aires protestara con tanta violencia, es evidente que quienes así lo hacían pensaban en su fuero interno que Jerusalén no había tenido otro remedio. Los crímenes del acusado eran de tal magnitud, que se justificaba plenamente el método adoptado. Ese despiadado individuo tenía que ser juzgado, y para traerlo no quedaba otro recurso.
De modo que tengo la osadía de calmar un tanto la ansiedad de algunas esferas, que ven en lo ocurrido una trasgresión de las leyes. Lo puede ser en teoría, en la práctica es hacer justicia en el pleno sentido de la palabra.
Moshé Yanai