¿PORQUE IRAN ASPIRA A SER UNA POTENCIA NUCLEAR?


La sombra de la revolución es alargada
Marta Gonzalez Isidoro , Infomedio

El 1 de febrero de 1979, a las 9:33 horas, aterrizaba en el aeropuerto de Teherán un avión procedente de París con un pasajero muy especial a bordo: el Ayatollah Jomeini. El Imán regresaba del exilio después de liderar y organizar durante una década un movimiento político de masas centrado en un conjunto de objetivos muy simples pero de gran eficacia y resonancia internacional: la expulsión del Sha, la abolición de la monarquía, milenaria en Irán, y el fin de la influencia occidental en el país, especialmente la norteamericana. Legitimado por el éxito, llega también con una biblia política bajo el brazo: el gobierno islámico, una apuesta personal firme que sellaría para siempre el futuro del nuevo Irán y determinaría el diseño del frágil tablero de Oriente Medio, al tiempo que extendería su larga y oscura sombra incluso por América Latina.
Si bien las causas de la revolución de 1979 hay que buscarlas en la corrupción, la desigualdad, la ausencia de democracia o la explotación extranjera de su principal recurso, el petróleo, tampoco las promesas de instaurar la justicia social mediante el establecimiento de la Sharía se han cumplido del todo, y en el Irán islámico las desigualdades sociales siguen siendo enormes. A pesar de todo, no cabe duda de que, treinta y un años después, el éxito de la Revolución que Jomeini puso en marcha ha sido rotundo.
Convertida en superpotencia regional y en actor internacional decisivo, Irán es hoy la pesadilla del mundo libre por sus relaciones con el terrorismo internacional, sus alianzas contra natura, sus ambiciones militares, su antisemitismo patológico, y, sobre todo, por la oscuridad de su programa nuclear. Irán comienza a ser percibido como una amenaza – todavía no existencial, al menos para la frágil y ambigua Unión Europea -, teniendo en cuenta que, según su presidente Mahmud Ahmadineyad, habría conseguido el primer paquete de uranio enriquecido al 20% - necesario para construir una bomba atómica – y tiene ya capacidad para enriquecer al 80%. Las previsiones de los analistas y expertos en física nuclear no son muy halagüeñas: entre seis meses y un año Irán podría estar preparado para ensamblar material nuclear en las ojivas de los misiles que ya dispone. Un peligro potencialmente añadido si este material cayese en manos de algunos de sus socios en el terror, como Hizbollah o Hamas.
¿Por qué Irán aspira a ser un Estado nuclear?. ¿Por qué la Comunidad Internacional quiere – o eso dice – evitarlo a toda costa?. ¿Es sólo una cuestión de poder y liderazgo regional o existe algún condicionante emanado de su propia interpretación chií del Islam?. ¿Realmente existe un riesgo para la supervivencia del mundo libre?. La Revolución iraní ¿Es fruto de la auténtica tradición del Islam o de otras influencias?. ¿Por qué el terrorismo de Estado es un elemento per se de su sistema político? Para entender el debate ideológico-político que se está produciendo desde hace algunos años sobre Irán y responder a estas cuestiones es imprescindible conocer la propia teología chií y el sistema de gobierno creado y legado por el Ayatollah Jomeini.
El Islam no es una religión cualquiera. Ni siquiera es una de las tres religiones que llamamos del Libro, situada, por tanto, al mismo nivel conceptual y teológico que el Judaísmo y el Cristianismo. El Islam es superior, porque el Islam es, según sus creyentes, la Religión, la única y verdadera, la última oportunidad dada por Dios – Allah – a los hombres para que recapaciten y vuelvan a la senda del buen camino. Como última religión revelada, el Islam tiene conciencia de haber regresado a la religión primordial, la que se funda en la doctrina de la Unidad – umma o comunidad de creyentes -, fuente de toda verdad, y que, mediante la sumisión – islam – al Dios único – Allah – abre al hombre la vía del retorno a él.
Parece complicado pero, en realidad, es muy simple: como la humanidad es única, Dios se ha Revelado al hombre de forma única, enviando a cada comunidad, a lo largo de los tiempos, un Profeta distinto que adaptaba su lenguaje en función del lugar, espacio y tiempo en el que se aparecía. Adán fue el primer profeta portador de la Revelación universal, seguido por el resto de los profetas: Abraham, Noé, Moisés, Jonás, Ezequiel, David, Elías o Jesús, y así hasta llegar a Mahoma, el último profeta y última oportunidad de salvación cuando llegue el Juicio Final y la consumación de los tiempos. Por eso, aparte de algunos que pertenecen al pasado bastante oscuro de la Arabia pre-islámica, como Chueb, Hud o Salih, los profetas que menciona el Corán – su libro sagrado – se corresponden, por lo general, con los personajes bíblicos. Eso sí: a diferencia del Antiguo Testamento cristiano o Deuteronomio, que se corresponde íntegramente con la Torah judía, el Corán hace una adaptación bastante sui generis de la historia común. En esta interpretación, el que no abraza el islam es infiel. Los politeístas, por descontado, y los judíos y cristianos por haber traicionado el mensaje divino, haber ocultado los pasajes que anuncian la llegada de Mahoma y por no haber estado atentos a los signos de Dios. La infidelidad de los judíos es aun más grave que la de los cristianos, puesto que han osado atribuirse la descendencia de Abraham – que sólo fue un hanif muslim o verdadero creyente sometido a Dios -, y por no haber creído que Jesús era el Mesías, el Profeta de Dios, su Verbo. Los cristianos merecen un poco más de indulgencia, al compartir con ellos la misión divina de Jesús, aunque se distancian en la medida en que no creen en su naturaleza divina. No obstante, la yihad – guerra santa - aplicada a los judíos y cristianos que han vivido bajo regímenes islámicos a lo largo de la historia ha sido más sutil, puesto que oficialmente estaban protegidos por el paraguas de la dhimma, pacto que garantizaba la seguridad de sus vidas y sus bienes a cambio del pago de un tributo.
La práctica del islam representa, para el creyente, el cumplimiento pleno de su vocación humana, al tiempo que le permite sentirse integrado en una comunidad equilibrada. La esperanza depositada en que toda la humanidad, con el tiempo, se rendirá a la evidencia de la verdadera fe, viene reforzada por las tradiciones proféticas, que anuncian que Jesús, cuando vuelva a la tierra para establecer en ella el reino de la justicia y la paz, practicará él mismo el islam bajo la forma tradicional – sunna – procedente de Mahoma, instrumento de la última Revelación. Esperanza en los más cautelosos, y yihad para los que tienen prisa.
La escatología islámica está determinada por dos acontecimientos: el primero es la llegada del dayyal – el Gran Satán - , un ser maléfico que traerá corrupción, injusticia, opresión e inmoralidad y que en la conciencia colectiva está fuertemente identificado con el Occidente decadente, pagano y enemigo de la verdad – islam -. El segundo es la esperanza depositada en la llegada del Mahdi y con él, la restauración islámica o califato universal. El Mesías, con ayuda del Mahdi, vencerá al dayyal y le matará. Entonces se iniciará una nueva época de paz y armonía universal. Jesús practicará el islam tal como lo reveló el profeta Mahoma y toda la humanidad se le unirá. Al final de su segunda misión en la tierra, que durará cuarenta años, morirá y será enterrado en Medina, junto al profeta del Islam y los primeros califas.
Esta creencia, que podría pasar livianamente por la de un texto apocalíptico cualquiera, es realmente peligrosa. Lo es porque en el chiísmo esta creencia está estrechamente asociada a la doctrina que el poder político en el Islam no puede pertenecer más que a los imanes, descendientes de Alí y de Fátima, hija del Profeta. Según el chiísmo mayoritario, hubo doce imanes. El duodécimo, llamado Muhammad al Mahdí, desapareció de forma misteriosa el año 874, poco después de la muerte de su padre. Según la tradición, desde entonces se encuentra oculto y debe aparecer poco antes del Juicio Final, coincidiendo con una época impía, opresiva y violenta.
La influencia de esta doctrina, junto con teorías de inspiración marxistas y tercermundistas en el movimiento revolucionario iraní es incuestionable. El propio Jomeini, que se decía descendiente de la familia del Profeta, se autoproclamó imán y precursor y portavoz del Mahdi, el Señor del tiempo, cuya venida sería inminente. Revolución y escatología, pues, al servicio de un régimen delirante.
En cuanto a la estructura de Estado, Jomeini estableció un sistema de gobierno totalmente innovador en el mundo islámico de su tiempo con el objetivo de adaptar el Islam al concepto europeo de Estado-nación. Una concepción maquiavélica y profundamente hegeliana del poder, que llevaría la razón de Estado hasta sus últimas consecuencias. Sirviéndose del modelo de la Constitución francesa de 1958, diseñó una Constitución a su medida, aparentemente democrática en su estructura, pero fuertemente condicionada por las características sociológicas, religiosas y culturales de los persas: instauración de una República, elecciones por sufragio universal, Parlamento, Presidente, Consejo de Ministros, partidos políticos con voz y voto y el equivalente a una Corte Suprema. Todo ello revestido con un fuerte lenguaje religioso en nombre de la lucha contra la influencia occidental y un discurso profundamente antinorteamericano y antisionista. No en balde, Jomeini estaba obsesionado por una supuesta conspiración fraguada por el gobierno de Gran Bretaña, la infiltración judía y agentes extranjeros. Para conjurar los peligros, y puesto que el Islam es un sistema de vida completo que abarca tanto lo individual como lo colectivo, nada mejor que un poder ejecutivo fuerte en el que coincidan el mandato divino, la tradición y la razón.
Un gobierno islámico constitucional en el que el poder legislativo y la soberanía residen exclusivamente en Allah, mientras que el poder ejecutivo se confiere también por mandato divino, tal y como lo adquirieron y ejercieron en su día el Profeta Mahoma y Alí, su sucesor. Ante la ausencia del Iman o sucesor legítimo del Profeta, los alfaquíes o jurisconsultos musulmanes son los encargados de ejercer esa tutela. Como mensajeros de Allah, y como garantes únicos de la transmisión auténtica de los mensajes proféticos, su labor no es legislar, sino aplicar las leyes divinas que el Profeta ha promulgado. Por eso sólo velan por la aplicación de la sharía – cortar las manos a los ladrones y administrar latigazos y lapidaciones, en aplicación de los preceptos penales del islam – y supervisan que el funcionamiento del gobierno se ajuste igualmente a los preceptos del islam. Pero un Estado moderno necesita un poder ejecutivo. Y la tarea de gobernar recae directamente en el Líder Supremo en sustitución del iman oculto. Jomeini se declara a sí mismo sucesor del Profeta, y blinda al Líder Supremo – él mismo y desde 1989 Alí Jamenei – con el poder y la autoridad absoluta para emitir nuevas leyes, que deben considerarse como religiosamente vinculantes, e incluso derogar preceptos firmemente establecidos en base a las necesidades del Estado – o sea, de las suyas propias –.
Aunque en teoría el Estado representa a todos los ciudadanos, la administración de su poder pertenece a una casta o élite de elegidos. Ellos son los únicos conscientes realmente que la Historia les ha elegido para llevar a cabo una misión escatológica: la purificación ideológica necesaria para facilitar el retorno a una sociedad ideal de acuerdo con los preceptos islámicos. Para ello, el Estado debe doblegar, como sea, las voluntades individuales, que deben coincidir con los intereses del Estado. El Corán no está hecho para rezar, sino para organizar sociedades, y los dirigentes religiosos se forman no para rezar, sino para gobernar, declaró en su día Jomeini. La tiranía se impone en un régimen en el que el Estado es un fin en sí mismo y que considera que el martirio es fuente de legitimidad para enfrentar a la tiranía y la injusticia de un gobierno usurpador – el dayyal, el Occidente decadente, el Gran Satán americano, el Israel ocupante, el islam acomodaticio y corrupto -. En definitiva, extender el gobierno absoluto del Profeta de Allah dentro y fuera de sus fronteras. El terror como política de Estado. Y la bomba atómica el método más eficaz para forzar la aparición de un Madhi que está ya aquí, pero que no se hace visible. ¿De verdad que no peligra nuestra supervivencia?