El consuelo de las malas relaciones con Israel
Daniel Pipes


Las cosas no siempre son tan sencillas como parecen; la presente crisis en las relaciones entre Estados Unidos e Israel tiene un lado positivo.
Cuatro observaciones, derivadas todas ellas de patrones históricos, llevan a esta conclusión:
En primer lugar, el "proceso de paz" es en realidad un "proceso de guerra ".Las negociaciones diplomáticas conducidas durante la década de los 90 condujeron a un desfile de retiradas israelíes que tuvieron el efecto perverso de convertir la situación regular de 1993 en la horrible de 2000. Las dolorosas concesiones israelíes, sabemos ya, no despertaron el aperturismo palestino recíproco sino más rechazo a la existencia de Israel, ambición, indignación y violencia.
En segundo lugar, las concesiones israelíes a los árabes son en la práctica para siempre mientras que las relaciones con Washington fluctúan. Una vez que los israelíes dejaron el sur del Líbano y Gaza, lo hicieron para siempre, como sería el caso de los Altos del Golán o Jerusalén oriental. Deshacer estos pasos sería prohibitivamente caro. Por el contrario, las tensiones entre Estados Unidos e Israel dependen de personajes y circunstancias, de forma que fluctúan y los riesgos son relativamente menores. Cada presidente o primer ministro puede refutar las opiniones o el tono de su predecesor. Los problemas pueden ser reparados rápidamente.
En términos más generales, el vínculo Estados Unidos-Israel tiene pilares que van más allá de los políticos y las cuestiones del momento. Nada se parece a ésta "la más especial" de las relaciones especiales "bilaterales" y "la relación familiar de la política internacional".Como cualquier vínculo familiar, tiene altos (Israel ocupa el segundo puesto, sólo por detrás de Estados Unidos, en número de empresas que cotizan en el NASDAQ) y bajos (el caso de espionaje Jonathan Pollard sigue irritando un cuarto de siglo después de salir a la luz). La relación tiene una intensidad única en lo que respecta a cooperación estratégica, relaciones económicas, vínculos intelectuales, valores compartidos, diarios de votación en la ONU, afinidades religiosas y hasta interferencia mutua en los asuntos internos del otro.
Desde la perspectiva de Israel, pues, las relaciones políticas con los árabes son rígidas pero aquellas con Washington tienen cierta ligereza y flexibilidad.
En tercer lugar, cuando los líderes israelíes disfrutan de relaciones fuertes de confianza con Washington, dan más a los árabes. Golda Meir hizo concesiones a Richard Nixon, Menachem Begin a Jimmy Carter, Yitzhak Rabin, Benjamin Netanyahu y Ehud Barak a Bill Clinton, y Ariel Sharon a George W. Bush.
Por el contrario, la desconfianza hacia Washington endurece a los israelíes y cierra la disposición a correr riesgos. Ese fue el caso con George HW Bush y lo es aún más con Barack Obama. El malestar actual comenzó antes de que Obama llegara al Despacho Oval, teniendo en cuenta su asociación pública con fanáticos anti-Israel (por ejemplo, Alí Abunimah, Jalidi Rashid, Edward Said, Jeremiah Wright). Las relaciones degeneraron en marzo, cuando su administración simuló estar indignada el 9 por el anuncio de construcción rutinaria en Jerusalén, seguido de una desconsiderada llamada telefónica de la secretario de estado el 12 y un tenso encuentro en la Casa Blanca el día 23.
Para empeorar las cosas, la figura de la administración Obama más identificada con la conservación de buenas relaciones Estados Unidos-Israel, Dennis Ross, fue acusado anónimamente por un colega el 28 de marzo de ser "mucho más sensible a la política de la coalición de Netanyahu que a los intereses de Estados Unidos".Un destacado analista de política exterior utilizaba esto para sembrar la duda de que Ross tenga "dobles lealtades " con Israel, invalidando el consejo político de Ross.
Estas desagradables tensiones casi sin precedentes han tenido un efecto predecible sobre la opinión pública israelí, haciéndola desconfiar de Obama , resistente a la presión estadounidense, al tiempo que anima a políticos antes enfrentados a trabajar juntos para oponerse a sus políticas.
En cuarto lugar, las tensiones entre Estados Unidos e Israel incrementan la intransigencia palestina y sus demandas. Que Israel esté en mala posición anima a sus líderes; y si las tensiones surgen de la presión estadounidense para hacer concesiones a los palestinos, éstos se cruzan de brazos y contemplan el espectáculo. Esto sucedió a mediados de 2009, cuando Mahmoud Abbás ordenó a los estadounidenses que le consiguieran Jerusalén. Por el contrario, cuando las relaciones entre Estados Unidos e Israel florecen, los líderes palestinos se sienten presionados para cumplir con los israelíes, pretenden negociar y firman documentos.
La combinación de estos cuatro supuestos lleva a una conclusión contraria a la opinión generalizada: las relaciones fuertes entre Estados Unidos e Israel inducen a errores israelíes irreversibles. Las malas relaciones entre Estados Unidos e Israel abortan este proceso. Obama puede esperar que provocar un enfrentamiento con Israel produzca negociaciones pero tendrá el efecto contrario. Puede creer que se acerca a un avance diplomático, cuando en la práctica lo hace menos probable. Los que temen más "proceso de guerra" pueden así consolidarse en los errores de la administración.
La complejidad de las relaciones Estados Unidos-Israel deja mucho espacio a la paradoja y el descuido. Una mirada más allá de un giro preocupante de los acontecimientos sugiere que puede salir algo bueno.

Reenvia:
www.porisrael.org