LA NUEVA PESADILLA DE LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA


Chicas Jihad: cuando las amas de casa se vuelven terroristas

La historia bien podría ser contada de este modo. Imagine que usted es una típica ama de casa estadunidense. Vive en las montañas de Colorado o en un desértico pueblito de Texas. Tiene la piel blanca, ojos claros, cabellos rubios. Tiene un hijo y su marido la ha abandonado, o quizá el tipo no tiene demasiado tiempo para preocuparse por usted. Entonces descubre internet, se pasa largas horas leyendo noticias, se mete en chats. Tal vez usted está insatisfecha con la vida y busca una causa, quién sabe. Un día, no sabe muy bien cómo, contacta con un señor simpático y sensible, muy hablador, de origen árabe, quien mientras la seduce le habla de las injusticias que sufre su país y en menos que canta un gallo usted cuelga un video en YoutTube en el que se presenta como Jihad Jane, una especie de superhéroe maléfico al que sólo le falta la barba para emular a Bin Laden. Y es así como sigilosamente abandona una tarde su oscuro pueblito y se marcha a Europa dispuesta a hacerse saltar por los aires con tal de acabar con algún ignoto enemigo del Islam. ¿Parece ficción? ¡Pués no! ¡Nada de eso! Sólo es una introducción al fascinante mundo de las que bien podríamos llamar, a falta de nombre todavía, Ladies Jihad, la nueva especie de terroristas que se están transformando en la pesadilla de los servicios de inteligencia del mundo entero.
Algo sí le sucedió a Colleen R. LaRose. Cuando fue arrestada el pasado 15 de octubre las autoridades estadunidenses no salían de su asombro. Y si no fuera por sus siniestros propósitos su historia tendría un deje de patetismo: rubia, de ojos azules, Colleen es un ejemplar perfecto de eso que los americanos llaman WASP (siglas en inglés de White, Anglo-Saxon and Protestant: Blanco, Anglosajón y Protestante), una denominación que sirve para distinguir a los buenos ciudadanos estadunidenses del resto de los comunes mortales. Porque Colleen tiene 46 años y su carrera como jihadista internacional es más bien inverosímil. Hasta que la arrestaron vivía en un suburbio de Pennsylvania llamado Pennsburg, tenía un novio y sacaba a pasear el perro todas las mañanas. Pero en la vida de Colleen se había producido un pequeño gran terremoto interno cuando se transformó al Islam, aunque su novio Kurt Goman declaró luego que él jamás sospecho lo que estaba ocurriendo hasta que un día de agosto Colleen desapareció de su casa. “Ella nunca habló de temas de actualidad internacionales, o sobre los musulmanes ni nada de eso. Es muy raro, todavía no lo creo”, le dijo Kurt al periodista del Philadelphia Daily News que lo entrevistó poco después de la detención de su novia. Antes de desaparecer como por arte de magia Colleen había colgado un video en YouTube en el que se identificaba a sí misma como Jihad June y se mostraba “desesperada por hacer algo para de alguna forma” aliviar el sufrimiento que padecen los musulmanes.

Créalo Kurt o no, la cuestión es que Colleen había mantenido chats con fanáticos musulmanes detenidos luego en Irlanda, y en estas conversaciones los islamistas le contaron que se proponían matar a Lars Vilks, el dibujante sueco de las caricaturas de Mahoma que tanto molestaron a los musulmanes en 2007. Al Qaeda había ofrecido en su momento una recompensa de 100 mil dólares para quien se animara a asesinar al autor de los dibujos publicados en agosto de ese año por el diario sueco Nerikes Allehanda, pero es poco probable que Colleen se haya metido en esta historia por dinero. Al parecer, en los chats Jihad June había propuesto realizar el ataque porque por sus cabellos rubios, su piel blanca y sus ojos azules podía pasar desapercibida en Estocolmo, donde vive Vilks.
Mientras los responsables de la seguridad interna de Estados Unidos se agarraban la cabeza ante la aparición de una terrorista con semejante perfil y lamentaban que las medidas adoptadas por la administración Obama para reforzar los controles en aeropuertos de nada servían ante estos casos, hizo su aparición en escena otra Lady Jihad, esta vez con un perfil aún más sorprendente. En el marco de la misma investigación, en Irlanda, la policía de la isla detuvo a Jamie Paulin-Ramirez, una ciudadana de Estados Unidos que se encontraba en Europa con el mismo propósito que Colleen: matar a Lars Vilks.
Paulin-Ramirez, además de un extraño apellido, tiene un hijo de seis años, ella también es rubia, blanca y católica —o al menos lo era hasta poco antes de emprender su aventura terrorista— y trabajaba como asistente sanitaria en Leadville, una pequeña localidad del estado de Colorado. Pero la vida en el pueblo seguramente le resultaba muy aburrida, así que Jamie decidió también entrar en la infinita galaxia chatera. Chateando fue como conoció a un militante musulmán que la convenció para que se dirigiera a Nueva York donde la pareja contrajo matrimonio. El pasado 11 de septiembre —fecha simbólica, si las hay, para emprender una aventura de esta naturaleza— Jamie desapareció de su hogar con su hijo a cuestas y sólo contactó con su madre cuando ya estaba en Irlanda a punto de trasladarse a Estocolmo para ejecutar el asesinato. Cuando la cadena Fox News entrevistó a la madre de Jamie, Christine Holcomb-Mott, ésta dio un par de respuestas que parecen salidas de una serie estadunidense para explicar lo que sentía ante el comportamiento de su hija: “Ahora mismo estoy enfadada con ella. Simplemente me gustaría estrangularla. Pero a la vez, estoy preocupada por ella. Amo a mi hija”.
Jamie también tiene una tía con quien mantenía una estrecha relación. Cindy Holcomb-Jones, la tía en cuestión explicó también a los curiosos periodistas que Jamie había cambiado su forma de vestir en los últimos tiempos, adoptando trajes típicos de Medio Oriente. “Sólo se le podían ver los ojos”, y hasta le cambió el nombre a su hijo por el de Wahid. “Cuando vi las fotos de esa mujer”, dijo la tía en relación a la aparición en la prensa del caso de Colleen, “pensé que eso era lo que Jamie estaba haciendo”. Pero a diferencia de Colleen, las autoridades creen que Jamie podría estar motivada más por amor que por el ejercicio del terror puro y duro. De todas formas, afirman los especialistas de los servicios de inteligencia, estamos ante un fenómeno preocupante, ya que es poco habitual relacionar con el terrorismo a mujeres urbanas con hijos de raza blanca.

Sin tantas tías ni tanto sentido del humor, las dos mujeres que volaron por los aires en el metro de Moscú el pasado 29 de marzo dejando un saldo de 40 muertos y un centenar de heridos, también resultan inquietantes por su modo de proceder y por su condición femenina. Sobre todo Djennet Abdurajmanova, la niña de 17 años que ya era viuda de un islamista, la de las fotos con una pistola en la mano y mirada amenazante detrás del velo, que luego se sacó otras fotos vestida con pantalón vaquero y la misma pistola como avisando de antemano cuál iba a ser su proceder. “Yo me parezco a la gente común”, es su mensaje. “No podrán detectarme cuando vaya a matar”. Y, en efecto, no la detectaron.