PRIMO LEVI: A 23 AÑOS DE SU DESAPARICION


HOMENAJE A PRIMO LEVI
Bejla Rubin


El 11 de abril hicieron 23 años de la muerte de Primo Levi. Esa fue su última decisión.
Qué nos dejó como enseñanza? Tomaremos algunas consideraciones que pensamos han sido su legado a la humanidad.
Ni bien es confinado en el Lager descubre que no existe ningún Otro que lo proteja o lo salve de ese nefasto “destino”. Lo explica diciendo que “ lo que aprendí rápidamente en el Lager es que el primer oficio del hombre es perseguir sus propios fines por medios adecuados, y quien se equivoca lo paga”. Igual sentencia nos llega del Derecho en cuanto a “quien paga mal paga dos veces”. Pero aquí , en el campo de concentración, no existe la posibilidad de un segundo pago pues el error se paga con la vida.
El va desmenuzando todos los afectos ilusorios, por ejemplo, la esperanza, pues ella remite aún a la creencia en que un Otro vendrá a salvar al hombre, en tanto que allí los cautivos descubren que ningún Dios los habría de rescatar. Premisa entonces que se establece: Dios no existe y el Otro tampoco.
Segunda premisa: lo que el sujeto no hace para si nadie habrá de hacerlo por él. En su propia soledad como decisión habrá de defender su vida en cuanto a los términos que a él le competen. El resto es dominio del azar y la contingencia en cuanto a los malos encuentros entre el uno en su desolación, y el otro en su maldad.
El es testigo como la degradación de lo humano se va dando paulatinamente, confrontado a cada cual con su propia esencia, a unos con su generosidad, a otros con sus bajezas.
Una vez ya hacinado en un vagón para ganado, oye que es contabilizado como tal, o sea, un animal. El nazi a cargo del transporte pregunta: ¿Wiefel Stück?. Cuántas piezas, cuántos objetos, cuántas nadas, ninguna palabra que remita a personas, hombres o sujetos.
Luego ya cautivo, a cualquier pegunta en cuanto a su condición inexplicable de presidiario en Auschwitz, no habiendo cometido crimen alguno, ni dictado sentencia sobre su persona, la respuesta habrá de ser siempre la misma, una frase banal, desafectivizada y absolutamente burocrática: Hier ist kein warum. Aquí no hay ningún por qué. Aquí se “puede golpear sin cólera a un hombre”, dice Primo Levi. Golpear por el simple hecho de descargar la propia furia milenaria contra el caído por parte del nazi, mostrando su supremacía, su brutalidad y su dominio. A cambio ninguna posibilidad, ni de defensa, ni de réplica por parte de “esa pieza” ya por fuera de todo registro de la mirada. Con un insecto no se dialoga.
El tiempo en el Lager es un presente continuo y aletargado, eternizado, un pesadilla perpetua, no hay el despertar de ella. No hay futuro como proyección de pensar en el mañana. Lo único que cuenta es el hoy: comer, conseguir una cuchara, poner papeles en los zapatones de madera pues la muerte empieza por los pies, rescatar un botón caído, guardar o más bien atesorar todo lo que se encuentre en el camino ( sogas, alambres, una cebolla, otro pedazo de pan, un cigarrillo). Desde nuestra comodidad hogareña esos objetos nos parecen nimiedades, basuritas que encontramos en los bolsillos de los niños, pero para un Häftling de Auschwitz esas “cositas” eran todo un mundo y la diferencia entre sobrevivir o morir.
El campo de concentración rompió con todos los tratados de filosofía, política, sociología y psicología. La Aufhebung hegeliana habría de quedar afuera, el tratado de Versalles es no tenido en cuenta, y en cuanto a la psicología, nos habremos de topar con un nuevo perfil de hombre: el sujeto nazi. Este nos dio a ver cómo opera la pulsión de muerte cuanto ésta acontece sin velámenes, sin ambages, exponiendo el máximo deseo de Mal sobre otro, ya no pensado como un semejante ni un par discursivo, sino de allí en más tratado, visto y denominado un bacilo, un virus o una rata. Y en ese maltrato se le habrá de arrancar al cautivo toda identidad humana, será nombrado por un número, la “pieza número tal”, deviniendo un nuevo ensayo psicológico pues se trató de observar hasta dónde un hombre sobrevive y soporta cargar con su cuerpo fuera de toda dignidad, sin nombre, sin hogar, hambreado y arrojado fuera del registro especular. Deberá convivir con otros dentro de una Babel terrenal, cada cual con su lengua, sus costumbres, pero eso sí, con sus goces masificados, amen de tener que entender, y como se pueda, los ladridos en alemán “ salidos de una rabia secular” junto a esa furia del sujeto nazi haciendo su buen trabajo cotidiano, sin inmutarse: matar todos los días, no importando si se trataba de hombres, mujeres o niños. Todo quedaba reducido a una masa compacta en esa muerte colectiva camino a la hoguera.
Y a medida que ese horror constante se iba dando, Primo Levi descubre que ya no hay lengua que pueda nombrar ni definir esa destrucción cotidiana de lo humano. Lo improferible iba tomando su lugar y la incomunicación hacía que el lazo entre los hombres se fuera disolviendo. Entonces, sobrevivir no sólo era una cuestión de comida o de soportar la pesada carga del trabajo, ahora sobrevivir dependía de no dejarse hundir, de no perderse a uno mismo y llegar a transformarse en un muselmann, en esos muertos vivos que ya todos ignoraban, incluso los Kapos del campo. La lucha ahora era contra el deseo de los nazis, ese gran deseo de Mal en cuanto a hacer de un hombre un envoltorio vaciado de pasiones, de ideas, de deseos para reducirlo a un puro sufriente y que penda de un hilo, el de una pura necesidad, un animal brutal que sólo piense en comer, dormir, defecar, no enfermase, no caerse durante el trabajo, ablandado a tal extremo que ya ni proteste camino a la cámara de gas.
Cuando Primo Levi descubre ese deseo de Mal sobre si por parte del “sujeto nazi”, puja por encontrar de dónde aferrarse para poder sobrevivir y poder contar, contarlo todo, resistir para no salir por “la chimenea”. Y cuando el cautivo que hay en él descubre ese deseo lo va a unir a una determinación: la de testimoniar. Escribir será su herramienta, buscar la letra, en cómo decir lo improferible y ominoso en cuanto a ese horror que tuvo que atravesar y volver “del otro lado”, cual un “aparecido” de la muerte y usar las palabras humanas para que se lo pueda oír amen de creer. Salir del envoltorio vacío donde lo ubicaron los nazis y empezar a través de la escritura a recuperar al hombre y al cuerpo vivo que el propio cautivo había olvidado de si. Si bien Primo Levi escribió Si esto es un hombre en el año 1947, ni bien finalizó la guerra, no le alcanzó. Cuarenta años más tarde, el 11 de abril de 1987 habría de suicidarse. No soportó ser testigo de la indiferencia del mundo en cuanto a lo acontecido en los campos de concentración. No toda escritura alcanza entonces a cifrar el horro cuando se ha pasado por él. Ese infierno terrenal se habría de quedar con un pedazo de su alma y que nunca más la habría de recuperar. Quizás en ese acto, solitario y sentido para todos nosotros, Primo Levi la fue a buscar del otro lado intentando completar al “hombre” con su nombre para dejar caer al del número 174.517 .
Digo entonces, volver a recuperar esa parte de si, que el Diablo le hubo de arrebatar.