UN POCO DE HISTORIA REAL


MARTIN GERARDI

Desde que en 167 antes de la E.C. comenzara la insurrección de los Macabeos hasta el 63 antes de la E.C. que Pompeyo entró en Jerusalén y despojó al pueblo de Israel de la autonomía e independencia que hasta ese momento mas o menos disfrutaban, los judíos no habían sido gobernados, salvo contadas excepciones, por lideres que les proporcionaran una libertad que les permitiese crecer como pueblo y como nación. Del 63 hasta el 37 a EC, año el que Herodes toma el trono con la ayuda de Roma, se vieron constantemente envueltos en luchas fraticidas entre las distintas facciones familiares de la dinastía asmonea. No cabe duda de que la época herodiana (37 a EC a 6 d EC) fue de triste recuerdo y enmarcada por una política de terror y de sangre hacia el pueblo judío. Con las tetrarquías que sucedieron a Herodes vino a ser más de lo mismo. Solamente se puede decir que del año 41 al 44 de nuestra era y bajo el reinado de Herodes Agripa I, Judea gozó de una etapa de relativa tranquilidad y paz. Del 44 al 48, los procuradores romanos volvieron a castigar brutalmente a un pueblo, ya de por sí, vapuleado y a partir del 48 hasta el 100 años que gobernó Herodes Agripa II estuvieron plagados de revueltas que tuvieron su momento más álgido entre los años 63 y 70 que dieron lugar a la primera guerra judeo-romana y a los hechos de la destrucción del II Templo y la resistencia heróica de Masada que culminó con el suicidio colectivo de los últimos zelotes y sus familias. Posteriormente de 115 a 117 de nuestra era devino lo que se vino a llamar la Guerra de Kitos o de la diáspora, siendo esta la segunda guerra judeo-romana y, por último, entre 132 y 135 Bar Kojba, el “hijo de la estrella”, inicia junto a otros dirigentes judíos la tercera, y ultima, de las guerras judeo-romanas. En total habían transcurrido poco más de tres siglos desde que Matatías, aquel viejo sacerdote de Modín, junto a sus cuatro hijos habían declarado la guerra al invasor sirio que había osado ofender a YHWH y a su pueblo. No es de extrañar, pues, que se tratara de un pueblo rebelde al que no le gustaba verse sometido por un régimen que no fuera el emanado de su propia voluntad. Un pueblo con una conciencia religiosa al que, las más de las veces, le negaban el derecho a practicar sus propias creencias y tradiciones. Un pueblo con una cultura ancestral al que por decreto prohibían ejercer sus costumbres. Un pueblo creyente al que se le impedía celebrar su culto a Adonaí. En definitiva un pueblo subyugado y sojuzgado al que solo le quedaba el recurso de rebelarse ante tales desmanes e injusticias.
Después de muchas calamidades sufridas por el pueblo de Israel, hoy las circunstancias siguen siendo casi las mismas. Ya no hay zelotes, pero están las mujeres y los hombres del Tzhal como garantes y firmes defensores de los valores patrios, religiosos y tradicionales de un Pueblo secular al que la historia se muestra, una vez más, empeñada en negarle su propia identidad.