UNA DEFENSA DEL DERECHO DE LOS JUDIOS A LA INDEPENDENCIA


Una nueva mirada sobre el sionismo desde la perspectiva de los derechos universales
Por Ruth Gavison


¿Es posible justificar la existencia de un estado judío? Esta pregunta, planteada con mayor frecuencia en los últimos años, no es sólo teórica. Israel prosperará como un Estado judío sólo si puede ser defendido, tanto en lo físico como en el sentido moral. Por supuesto, los estados pueden sobrevivir en el corto plazo por puro hábito o mediante la aplicación de la fuerza bruta, aún cuando su legitimidad haya sido gravemente dañada. A la larga, sin embargo, sólo un Estado cuya existencia es justificada por sus ciudadanos puede aspirar a perdurar. La capacidad de proporcionar una justificación clara para un Estado judío es, por tanto, de vital importancia para la supervivencia a largo plazo de Israel.
Es contra este telón de fondo que escribo este ensayo. En lo que sigue, argumentaré que la idea de un estado-nación judío está justificada, y que la existencia de tal estado es una condición importante para la seguridad de sus ciudadanos judíos y la continuidad de la civilización judía. El establecimiento de Israel como Estado judío estaba justificado en el momento de la independencia, hace medio siglo, y su preservación continúa estando justificada en la actualidad. Israel tiene la obligación de proteger los derechos de todos sus ciudadanos. Sin embargo, estas demandas no requieren una negación del carácter judío del estado. Ni tampoco tal carácter plantea una amenaza inherente a la naturaleza democrática del Estado: por el contrario, es deber de toda democracia reflejar las preferencias básicas de la mayoría, siempre y cuando no infrinjan los derechos de los demás. En el caso de Israel, esto significa preservar el carácter judío del Estado.
El carácter de Israel como un Estado nacional judío genera cierta tensión con el principio democrático de igualdad civil. Sin embargo, esta tensión no previene a Israel de ser una democracia. No hay desacuerdo inherente entre la identidad judía del Estado y su carácter democrático-liberal. Israel tiene obligaciones básicas de la democracia y los derechos humanos, pero su lengua es el hebreo, su día de descanso semanal es el sábado, y marca las fiestas religiosas judías como días festivos. La cultura pública de este estado es judía, aunque no es una teocracia, ni impone un concepto específico de la identidad religiosa judía a sus ciudadanos. En lo que sigue, voy a ofrecer un argumento a favor de la justificación de un Israel que es a la vez orgullosamente judío y fuertemente democrático; y que tiene el derecho, por lo tanto, a tomar medidas para preservar ambos elementos básicos de su identidad.
Para los judíos observantes -incluso aquellos que se oponen al sionismo- las ventajas de un Estado judío son evidentes. Ciertamente cualquiera que haya practicado un estilo de vida observante tanto en Israel como en la diáspora sabe lo fácil que es en el Estado judío. Además, judíos ortodoxos en Israel cumplen el mandamiento del yishuv Ha'aretz, de vivir en la tierra de Israel. Mientras que un estado judío puede no ser absolutamente necesario para cumplir con este mandamiento, su ausencia podría hacer muy difícil que los judíos pudiesen permanecer aquí. Además de ofrecer a los judíos un refugio seguro frente a las fuerzas de la asimilación, un estado judío ofrece la posibilidad de un excepcional dinamismo a la vida judía secular. Desde el surgimiento del movimiento sionista, el pueblo judío ha sido testigo de la creación, en hebreo, de un sinnúmero de nuevas obras de la literatura, la poesía y la filosofía, cuyas fuentes de inspiración son las creencias, costumbres e historia judías. Esta inmensa actividad creadora beneficia a los judíos en todas partes, ya que ofrece nuevas posibilidades para una identidad judía que no depende de la Halajá o de la ley judía.
Para los judíos en Israel y en la diáspora, pues, la pérdida del estado judío significaría la pérdida de todas estas ventajas. Sin un Estado judío, los judíos volverían a la situación de ser una minoría cultural en todas partes. Y como sabemos por la historia, el retorno de los judíos a la condición de minoría probablemente significaría el constante temor de un resurgimiento del antisemitismo, la persecución, e incluso el genocidio, así como la necesidad de dedicar cada vez más recursos para contener la asimilación. No siento que estoy siendo demasiado dramática, entonces, si digo que renunciar a un Estado es, para el pueblo judío, parecido a un suicidio nacional.
Este enfoque necesariamente distingue entre las reivindicaciones sobre la legitimidad de la creación de Israel y reclamos relativos al derecho de Israel, una vez establecido, para mantenerse como un Estado judío. Es importante ver que los dos no están necesariamente conectados. Porque aunque no hubiera habido ninguna justificación para la creación de un estado judío en 1948 -un alegato que no acepto- no se deduce que la preservación de Israel como Estado judío no esté justificada en la actualidad. La afirmación de que los asentamientos judíos perjudicaron los intereses árabes es ciertamente comprensible, y los temores que yacían en su esencia eran sin duda justificados. ¿Pero crearon estos temores una obligación moral sobre el pueblo judío de abstenerse de volver a su patria? Yo no lo creo.
Para entender por qué este es el caso, es útil recurrir a la distinción entre "derechos" y "libertades" inicialmente introducida por el jurista estadounidenses Wesley Newcomb Hohfeld. Usando este modelo, podemos decir que siempre y cuando sus acciones fueron legales y no violentas, los colonos judíos se encontraban en libertad para ampliar su número entre la población local, incluso con la declarada intención específica de establecer la infraestructura para un futuro Estado judío. Su libertad para crear esa infraestructura fue sin duda mayor, por ejemplo, que la de Inglaterra y España para establecerse en las Américas, y Palestina fue sin duda un destino más legítimo que Uganda o Argentina. La inmigración de judíos a Palestina era muy diferente del colonialismo, tanto con respecto a su situación en sus países de origen como con respecto a su relación con la tierra misma. A diferencia de las potencias coloniales, los judíos eran un pueblo en el exilio, eran extranjeros donde quiera que fuesen, estaban por todas partes como una minoría, y en algunos lugares eran perseguidos sin descanso; y nunca habían poseído la soberanía nacional sobre cualquier otro terreno que no fuera la tierra de Israel. Añádase a esto su profundo vínculo cultural y religioso con la tierra, y se tiene una base sólida para establecer una relación única entre los judíos y la tierra de Israel; una mucho más convincente que los reclamos de un grupo típico de colonos europeos.
De hecho, fue precisamente el poder de esta conexión que hizo que los árabes locales consideraran a la inmigración judía como mucho más amenazante que cualquier afluencia de colonos ingleses o franceses. A la luz de la conexión histórica de los judíos con la tierra de Israel, los árabes entendieron correctamente las olas de inmigración sionista como algo nuevo. Los resultados de la guerra: el sionismo hizo una transición crítica de tener la libertad moral para establecer un estado judío a tener un derecho moral de mantener y preservar su carácter judío.
La vida que ofrece el Estado judío a los árabes israelíes, en efecto, limita su capacidad para desarrollar su cultura y ejercer su derecho a la libre determinación, pero esto está lejos de ser motivo suficiente para disolver el estado judío. Como hemos visto, el Estado judío cumple un importante conjunto de objetivos para los judíos y para el pueblo judío -objetivos que los judíos tienen derecho a llevar a cabo, y que no podrían llevarse a cabo sin un Estado. Es posible, entonces, justificar el daño limitado hecho a los intereses individuales y comunales de los árabes a la luz del golpe mortal que la ausencia de Israel sería para los derechos del pueblo judío. El razonamiento para esto es simple: hay una gran diferencia entre preferir los intereses de un grupo sobre los de otro y la negación de derechos. Por tanto, es un principio fundamental de la democracia que ninguna minoría tiene el derecho de impedir a la mayoría promover sus intereses, siempre y cuando los derechos fundamentales de las minorías sean respetados. En otras palabras, siempre y cuando el carácter judío del Estado no viole los derechos humanos fundamentales de los árabes que viven dentro de Israel, y el estado es la única garantía de determinados derechos judíos, tanto individuales y comunales, entonces la existencia de un estado judío está justificada.
Es cierto que el historial de Israel en cuanto a democracia y derechos humanos no es perfecto. Pero tampoco lo es el de cualquier otro estado democrático, e Israel ha sido mejor en este sentido que muchos otros. Contrariamente a lo que popularmente se cree, sin embargo, los principios de la democracia, los derechos individuales y la igualdad ante la ley no requieren un rechazo del carácter judío del Estado. Por el contrario: el hecho de la naturaleza democrática de Israel significa que también debe ser judío en su carácter, ya que una considerable y estable mayoría de sus ciudadanos quiere que el estado sea judío.
Podemos mirar atrás con orgullo y hacia adelante con esperanza. La mayoría judía de Israel no tiene por qué pedir disculpas por tratar de conservar la identidad judía del Estado. Israel nunca será totalmente secular o totalmente religioso, del todo oriental o del todo occidental. Israel nunca será un país de Europa occidental, ni será un típico país levantino. La fuerza de la sociedad israelí se deriva de la combinación de sus elementos… no sólo va a servir a los fines de la mayoría, sino también salvaguardar la singularidad de las minorías.
"No está en nosotros terminar el trabajo", nos dicen los rabinos del Talmud. Nuestra generación no es responsable de establecer un estado judío, sino que somos responsables de su preservación para las generaciones futuras. Para ello es necesario que les demos motivos suficientes para creer en la justicia de nuestra empresa común. Si lo deseamos, esto tampoco será un sueño.

Ruth Gavison es catedrática de derechos humanos en la Universidad Hebrea de Jerusalém y es investigadora asociada en el Instituto Israelí de la Democracia.

El presente texto es un fragmento de un ensayo extenso que puede leerse en
http://www.azure.org.il/article.php?id=239


Cortesía de Julian Schvindlerman
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